El oficial romano que estaba frente a él, al ver cómo había muerto, exclamó: «¡Este hombre era verdaderamente el Hijo de Dios!» 

—Marcos 15:39 NTV (énfasis añadido) 

Viernes Santo. Tradicionalmente al rededor del mundo las actividades se paralizan. El mundo entero guarda respeto ante uno de los eventos que marcaron la vida de la humanidad: la crucifixión de Jesucristo. No hay persona que no sepa que se conmemora durante la semana mayor. La televisión nos llena con películas, documentales, y series con temática “bíblica”. 

Durante estos días la sociedad se sensibiliza y esta mas abierta a escuchar de Dios. Como creyentes, ¿cómo tomamos estas fechas?, ¿son, acaso, otra fecha mas en el calendario que significa “vacaciones extendidas”?, ¿realmente nos tomamos el tiempo para detenernos a pensar, meditar, leer, recordar, lo que realmente sucedió hace mas de 2000 años atrás? 

Probablemente has leído en los evangelios el relato de lo que sucedió en las ultimas horas de vida de nuestro Señor Jesucristo. Quizá, a nivel mas personal, esta fecha te sensibiliza y te hace ser mas agradecido por lo que hoy puedes experimentar: paz, vida, restauración, sanidad. Todo esto se logró en la Cruz. Cuando Jesús dijo, “consumado es” (Juan 19:30) la transacción divina tuvo efecto. El precio de muerte que el pecado requería fue pagado. Un intercambio divino, la vida del justo por los injustos, muerte por vida, enfermedad por sanidad, separación por comunión, desesperanza por esperanza eterna, rechazo por aceptación.  

Marcos nos presenta un informe interesante sobre lo que ocurrió ese viernes santo al rededor de las 3:00pm hora de Israel. Quiero llamar tu atención a cuatro sucesos en particular. El primero de estos ocurre en una de las ultimas palabras registras momentos antes de morir en el madero. 

Jesús clamó con voz fuerte: «Eloi, Eloi, ¿lema sabactani?», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» 

—Marcos 15:34. (énfasis añadido)

Por unos breves instantes, de ese viernes, lo impensable, lo inimaginable, sucedió: el Padre abandonaba al Hijo. La comunión perfecta que existía entre el Hijo y el Padre se vio interrumpida debido a que, por nosotros, en esos instantes Jesucristo se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). Cuan doloroso debió haber sido para el Hijo esta experiencia. No solo su cuerpo estaba destrozado, la intimidad y la comunión que desde siempre había conocido y experimentado con el Creador de todo, se había ido. Ya no estaba más. Este dolor fue tal que lo expreso en la forma de un grito que no solo perforo el ambiente de ese viernes, perforo los corazones de quienes lo escucharon, huestes celestiales incluidas. Los ángeles, nada podían hacer. Miraban en silencio desde su lugar. La corte celestial presenciaba atónita y sin palabras el cumplimiento de la promesa, asistían a la muerte del cordero pascual, observaban como el perdón, la restauración, la sanidad, se hacia disponible para una humanidad perdida, egoísta, y por demás quebrantada. 

El segundo evento lo encontramos en Marcos 15:37, “Entonces Jesús soltó otro fuerte grito y dio su último suspiro.” ¿qué fue lo que Jesús gritó? Lucas nos lo dice de la siguiente forma, “En ese momento Jesús clamó a gran voz, y dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Y después de haber dicho esto, expiró.” (Lucas 23:46, RVC) En sus últimos minutos sobre la faz de la tierra el Hijo se entregaba al Padre, el Hijo descansaba en el voluntad del Padre, el Hijo se sometía a la causa mayor: el rescate de la humanidad. En ese ultimo grito el Hijo no solo se encomendaba al Padre, no solo se abandonaba en las manos del Creador, no solo se encomendaba al autor del plan de rescate de la humanidad, en esos momentos, con ese grito que desgarró la eternidad, el Hijo estaba declarando que su propósito en la Tierra había sido cumplido, la redención, el perdón, la restauración, y la esperanza se habían logrado de forma perfecta y eterna. 

El tercer evento que sucedió ese viernes fue que la Tierra reacciono ante la muerte del Hijo, “En ese momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba hacia abajo; la tierra tembló, las rocas se partieron,” (Mateo 27:51). La creación reconoce a su Creador. Esta verdad se ve a lo largo y ancho de la Escritura. Sucedió en el monte Sinai cuando Dios descendió, la tierra temblo. Ese viernes santo, la creación no solo fue testigo del intercambio divino, lo presencio y reaccionó. Desde las 12 del medio día hasta las tres de la tarde, la tierra se oscureció (Mateo 27:45). Justo en el momento que el Salvador, a voz en cuello grito “Consumado Es”, en ese momento hubo un terremoto en la Tierra (Mateo 27:54). 

El ultimo evento al que quiero llamar tu atención es la reacción del centurión romano que estaba apostillado a los pies de la Cruz. La Biblia nos dice que “al ver cómo había muerto, exclamó: «¡Este hombre era verdaderamente el Hijo de Dios!” (Marcos 15:39). La evidencia que se le presentaba a este oficial en esos minutos previos a las tres de la tarde de ese memorable viernes, fueron, para él, contundentes. No le quedo duda alguna de lo que había sucedido, de lo que estaba presenciando, supo sin lugar a dudas la identidad del hombre que estaba colgado en la cruz frente a él. 

¿Qué reacción produce en tu vida este Viernes Santo? ¿Es para ti solamente un día de asueto? ¿Lo tomas como la oportunidad de tomar carretera para pasar un tiempo de descanso con gente que amas? No sé tu, pero el anhelo de mi corazón, al recordar este día tan especial para el cristianismo, es poder tener la misma reacción que tuvo ese centurión romano hace mas de dos mil años atrás. El evangelio de Lucas nos da un poco mas de luz sobre la reacción de este hombre: 

Cuando el oficial romano encargado de la ejecución vio lo que había sucedido, adoró a Dios y dijo: «Este hombre era inocente de verdad».” 

—Lucas 23:47  (énfasis añadido)

Este Viernes Santo quiero invitarte a que hagas dos cosas. La primera, al meditar, al contemplar lo que Cristo tuvo que sufrir para que tu hoy tengas vida, esperanza, perdón, sanidad, libertad, restauración, y comunión; reconoce quien es Jesús. Él es el Hijo de Dios. Piensa y medita en lo que esto realmente significa.  La segunda, adora!!! Sencillamente tomate un tiempo para adorarlo!!! Dobla tus rodillas, levanta tus manos, y adora a Dios por lo que es, por lo que hizo, por lo que logro para ti, y por lo que aún está por hacer en tu vida. 

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