El Credo de los Apóstoles, es el único documento que resume universalmente la fe cristiana, así como sus doctrinas principales, y ha sobrevivido a través de siglos de tradición y practica cristiana. Aunque la cristiandad está dividida hoy, en diversas ramas (denominaciones) el Credo de los Apóstoles es la única profesión de fe aceptada por las diferentes tradiciones dentro del cristianismo. Su fuerza cohesiva refleja la solidez de las verdades antiguas, pero poderosas, contenidas en la Biblia, que han llegado a identificar, formar y estructurar al cristianismo. Esto es lo que la eclesiología comunal es, es decir terreno común doctrinalmente o doctrina compartida por diferentes tradiciones (denominaciones).

La doctrina de la Iglesia es quizás el único aspecto de la fe cristiana que tiene algún tipo de carga que se le atribuye. A lo largo de los siglos la gente no ha tenido problema en confesar abiertamente su fue en Dios, el Creador del Universo, su confianza en Cristo y la obra de reconciliación que logro a nuestro favor, como iglesia no hemos tenido problema en reconocer la experiencia transformadora del Espíritu Santo en la vida del creyente como aspectos claves tanto de la fe como de la doctrina cristiana.

Sin embargo, cuando hablamos de la doctrina de la iglesia, nos encontramos con un punto divergente. “Jesús sí, la iglesia no” es quizás el lema de hoy.  Entiendo a la perfección el lema. Siglos de un totalitarismo eclesiástico ha resultado en la des-virtualización y sectorización de un organismo que fue concebido como faro de luz y esperanza. A lo largo de la historia de la Iglesia, esta se ha “movido” y “funcionado” bajo modelos. Uno de esos modelos es el de la institución.

Como institución, la iglesia tiene estructura, oficiales, procedimientos y (desafortunadamente) tradiciones. Las tradiciones, que en un inicio buscaban reforzar la identidad y dar mayor significado a la practica de la fe, terminaron volviéndose no solo un lastre, sino unas cadenas esclavizadoras difíciles de romper en la actualidad. Me pregunto si realmente queremos quitarnos esas cadenas y caminar en la libertad que la Escritura nos brinda.

Se ha convertido en un hilo común ver “… la tendencia de las estructuras institucionales de la iglesia a crecer y endurecerse en institucionalismo ...” (Daniel L. Migliore, Faith Seeling Undestanding) La iglesia debe realmente convertirse en una institución de salvación, no en una institución para el crecimiento personal y la obtención de poder. Como organización bien organizada y bien estructurada con procedimientos únicos, nuestro objetivo debiera ser llevar salvación al mundo y, en el proceso, reformarnos como institución con la gracia de la que nos orgullecemos tener y que predicamos fervientemente. La estructura ha creado un cerco de contención alrededor de la gracia, la compasión, la misericordia, y la caridad que en antaño no solo describían sino identificaban a la iglesia.

Otro modelo es el de ver a la iglesia como una comunión mística. La palabra místicase utiliza para denotar la actividad espiritual que aspira a conseguir la unión o el contacto del alma con la divinidad por diversos medios. En el caso puntual del cristianismo, esta unión, difícil de comprender, se da gracias a la obra redentora de Cristo en la Cruz. Es mediante la propiciación que somos unidos a Dios por medio del Hijo. De tal forma, la iglesia experimenta una comunión que solo es posible de alcanzar mediante la unión con Dios por medio del Hijo mediante la acción activa del Espíritu Santo en la vida de aquellos que han sido redimidos.

La iglesia tiene que ser una comunidad íntimaque atienda las necesidades de las personas, ya sean físicas o espirituales, la iglesia tiene, forzosamente que ser comunitaria. Compartimos una base común: la salvación. Independientemente de la tradición eclesiástica, aquella persona que ha creído en la obra redentora, confesado su pecado, y arrepentido forma parte de la iglesia, sin importar que se apellide bautista, metodista, presbiteriano, anglicano, episcopal, hermano libre, pentecostés, o carismático.

En nuestro afán porser comunidad hemos pedido prestado prácticas y experiencias de la Nueva Era, establecemos prácticas basadas en la tradición, o buscamos solamente experiencias comunitariasen lugar de abordar los problemas del corazón, al hacerlo, como iglesia nos convertimos en “… un escape en lugar de una crítica renovadora de la sociedad grande que necesita transformación”. (Daniel L. Migliore, Faith Seeling Undestanding)

Necesitamos regresar al Credo de los Apóstoles e inspirarnos para convertirnos, a pesar de las evidentes discrepancias actuales dentro de las denominaciones, en una institución que extiende la salvación, una comunidad que cubre las necesidades de las personas y en la unidad busca crecer, una institución que a pesar de su adoración, testimonio y servicio, la presencia, el amor y la gracia de Dios pueden manifestarse. Somos un heraldo de buenas noticias, no olvidemos esto. Pero sobre todo nosotros, como la iglesia somos siervos de Dios.