Levántate, mi muy amada. Date prisa, mi amor ¡Ven conmigo! He venido como tu has pedido para llevarte a mi corazón y guiarte fuera. Pues ahora es el momento, mi hermosa.
Cantares 2:10 TPT

Hace tiempo comencé a leer, para mi tiempo a solas con Dios, la traducción de La Pasión en inglés. Llegué a Cantares. Un libro teológicamente rico y complejo por sus ilustraciones y alegorías. Este ha sido un libro, complejo de enseñar y difícil de explicar a personas que no están en una relación matrimonial. (Hablo como alguien que enseña a jóvenes y adultos por igual y que no está casado) 

Sin embargo, hubo algo en la forma tan romántica que los traductores ponen Cantares 2:10 que llamó poderosamente mi corazón, y que toco mi corazón. Soy un hombre muy sensible (algo poco común entre mi género), y al estar leyendo estos versículos algo dentro de mi salto con emoción. 

Me metí en el texto, e imagine que por un momento yo era la Sulamita y que el novio no era nadie más que Dios. Este ejercicio sirvió de mucho, no solo pude leer los pasajes de una forma aún más atractiva, sino que toco fibras muy sensibles dentro de mí. Por alguna razón, el versículo diez comenzó a resonar profundamente dentro de mi corazón, llegando a mi espíritu de una forma gentil, amorosa, y clara. 

La traducción, como todas la que tenemos en la actualidad, se toma ciertas libertades literarias que no afectan el sentido de lo que el Hebreo-griego dice en los manuscritos más antiguos, textos que por el favor y la gracia de Dios contamos el día de hoy. Estás libertadas están diseñadas para que, sin alterar una verdad espiritual, nosotros como lectores podamos tener un entendimiento un poco mas correcto de lo que el autor plasmo cuando lo escribió en el idioma original. 

Este pasaje fue impresionante para mi vida. Dios me estaba diciendo, y continúa haciéndolo, “Levántate, mí muy amado Juan.” Esa frase “mi muy amada” en el texto con lleva una idea que no puedo dejar pasar. La Biblia de las Américas (LBLA) lo traduce de la siguiente manera: “Mi amado habló, y me dijo: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven conmigo.” Estas dos frases no están allí al azar, tienen una razón y una función específica para ir de la mano. Amada mía tiene una connotación de “aquel a quien realmente amo”. No solamente quien está recibiendo la invitación es hermosa sino que encima de eso es amada. 

El día de hoy no puedo sino guardar silencio ante la verdad de que soy muy amado por Dios. ¿Porqué lo sé? Pues porque en primer lugar él me amó antes de que yo lo hiciera (1 Juan 4:19), en segundo lugar porque yo no fui el que lo escogió a Él, el me escogió a mí primero (Juan 15:16). Soy muy amado porque fui comprado con la sangre de su único hijo, soy amado porque mi restauración, mi redención, costó la via del Hijo Unigénito de Dios (Hebreos 9:11-28). 

Esta frase tiene ligada dos acciones: levantarse e ir. Pudiera sonar lo mismo, sin embargo no lo es. Levantarse aquí básicamente significa moverse de una posición sentada o acostada, por lo tanto, implica la idea de ponerse en pie. Sin embargo, aquí significa más que comenzar la acción descrita en el verbo principal. Habla de una acción mandatoria continúa. Pero es mucho mas que eso, es una invitación, irresistible, a seguir a quien la está haciendo. 

En pocas palabras, el amante de mi alma, me hace una dulce y tierna invitación, la cual no puedo resistir, de que deje lo que estoy haciendo y vaya detrás de él. Vaya detrás de su amor, detrás de su voluntad, detrás del llamado único qué hay sobre mi vida. La Traducción de la Pasión dice, “¡Ven conmigo!” Esa es una invitación divina a la cual no puedo, y no quiero resistirme. Quien me hace la invitación a seguirlo lo hace con amor, pues por el sacrificio de Cristo aplicado a mi vida, debido a que he sido hecho nuevo, no solo soy escogido en Él; soy santo y soy muy amado (Colosenses 3:12). La pregunta que resonó en mi corazón es esta, ¿a dónde me está llamando hoy Dios que vaya? ¿Qué es lo que quiere que deje? ¿Qué es lo que quiere que abrace? ¿Qué me estoy perdiendo por “creer” que esté “no es el momento”? 

He venido como tu has pedido para llevarte a mi corazón y guiarte fuera…” En muchos momento de mi vida (si no es que la gran mayoría del tiempo) me veo a mí mismo, con las rodillas dobladas, reconociendo que no puedo sólo, sincerándome conmigo mismo en distinguir que necesito más a Dios de lo que, egoístamente, creí. Es en el silencio de mi corazón, en la quietud de mi espíritu que escudriño mi vida, y la necesidad por Dios se vuelve el anhelo más arraigado y profundo de mi ser. 

La oración que más lágrimas me ha costado, y me cuesta, realizar es: “te necesito Dios.” Soy, por naturaleza, egoísta, manipulador, y controlador. Si soy sincero, esa es la verdadera razón por la que no me “gusta” (quiero) rendir mi vida, mi voluntad, mis pensamientos, mis sentimientos, y mis decisiones a Dios. En algún momento me creí la mentira de que yo puedo decidir los momentos y los tiempos para hacer o dejar de hacer algo, para involucrarme o no en el ministerio, para dejar entrar o no a alguien a mi vida y por ende a mi corazón. Sólo cuando me topo con pared, y pruebo el amargo sabor de mi obstinación y necedad, es que de verdad le digo a Dios: Ven, te necesito, guíame. 

Sentado en la cafetería con mi cafe en mano, y mi música de adoración íntima fue que el Espíritu Santo me susurró: “He venido como tu has pedido para llevarte a mi corazón y guiarte fuera…” ¿qué sucede cuando soy llevado al corazón de Dios? Comienzo a ver la vida a través del amor, la gracia, y la misericordia que sólo Dios puede dar. Y lo que dijera el profeta Miqueas cientos de años atrás: 

¡No! Oh pueblo, el SEÑOR te ha dicho lo que es bueno, y lo que él exige de ti: que hagas lo que es correcto, que ames la compasión y que camines humildemente con tu Dios.”

Miqueas 6:8 NTV

Cuando soy llevado al corazón de Dios, no solo encuentro protección, dirección, e instrucción, en sus propias palabras: “«Te guiaré por el mejor sendero para tu vida; te aconsejaré y velaré por ti.” (Salmos 32:8 NTV) No tengo palabras para explicar el proceso, sólo sé que Dios viene, me toma amorosamente de la mano, y me guía. A veces me resisto, lucho, pues creo que lo que yo decidí para determinado momento, o con respecto a determinada situación, y/o relación es “lo mejor” para mí por ahora. Con frecuencia pienso, “estoy herido”; salí lastimado y usado de mi servicio en determinado ministerio. Las personas solo me usaron. ¿Pero, acaso Dios no sana y restaura? ¿Porque entonces soy yo quien pone los tiempos, las formas, y las condiciones para levantarme y salir detrás de Dios? ¿En quién realmente estoy confiando? ¿En mis emociones o en la certeza de que Dios me guía, en el momento indicado, por “el mejor sendero para” mi vida? El diablo nos ha vendido esta mentira: “No es el momento, quiero meterme con Dios, antes de…” y al hacerlo indirectamente le estamos diciendo a Dios que no confiamos en su amor, en su dirección, y en su poder para enfrentar la vida, los problemas, y las relaciones en las que estamos involucrados. 

El saber que Dios promete guiarme, me llena no solo de fe, sino de esperanza y una ola inmensa de paz comienza a inundar cada área de mi vida. Desconozco lo que el mañana traerá, pero lo que si se con certeza es que soy muy amado por Dios, que en su amor el me extiende la invitación a levantarme y seguirle, pues el no solo quiere llevarme a la seguridad de su corazón; sino que su deseo es guiarme, aconsejarme, y velar por mi bienestar físico, mental, espiritual, y emocional. 

Este versículo termina con la frase, “Pues ahora es el momento.” Y esa es una gran verdad, a la cual haríamos bien en abrazar ciegamente. Con frecuencia me encuentro pensando, “no es el momento”, “todavía no, voy a esperar un poquito más”, “no siento que estoy listo todavía para liderar con esta responsabilidad”, “ahora que sienta que puedo, me daré la oportunidad”. Este tipo de pensamientos son limitantes para entrar a donde Dios quiere llevarme conforme a su voluntad perfecta para mi vida. 

Sus planes son superiores a los míos (Isaias 55:9), sin embargo estos son para bien y no para mal, con la única finalidad de darme un futuro y una esperanza (Jeremías 29:11). En el contexto de Cantar de los Cantares, los estudiosos nos dicen que la invitación del novio a la novia no se da simplemente porque el novio no puede esperar a ver a la novia, sino porque reconoce que el tiempo es hermoso para salir a dar un paseo juntos. Y eso es lo que Dios nos dice hoy. 

Hoy es el momento adecuado para aceptar la invitación de Dios e ir a aquello que nos da miedo, a aquello que creemos no es el momento porque necesito estar a la altura, la invitación de Dios para nuestras vidas siempre se da en el momento correcto. Aunque yo crea lo contrario. Y lo es porque el es el que controla el tiempo, las temporadas y las edades están en sus manos, él es quien magistralmente dirige la sinfonía de mi vida. Amorosamente me llama a dar un paso de fe y entrar en aquello que él sabe es lo mejor para mí en este momento de mi vida. Abram no le dijo a Dios, “No siento que sea el tiempo de dejar todo e ir a donde me digas. Me parece que necesito conocerte mas, meterme bien contigo antes de dejar mi seguridad, mi estabilidad, para ir hacia lo desconocido.” Cuando Dios le dijo que dejara todo y le siguiera, el sencillamente lo hizo. Génesis 12:4 dice “Entonces Abram partió como el SEÑOR le había ordenado, y Lot fue con él. Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.” 

Pues ahora es el momento.” Quiero dejarte con esta frase. Y todo lo que ella conlleva. Ahora es el momento, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a creerle a Dios? ¿Vas a dar un paso de ver y te dejarás sorprender por Él? El amante de tu alma te hace una invitación, irresistible, el día de hoy “Levántate… y ven conmigo… pues ahora es el momento.” ¿Qué vas a hacer?