Después de un día lleno de actividades ministeriales, Jesús es invitado a una comida. De primera instancia parecería otro compromiso social más. No lo seria. Estaría por ocurrir un evento, el cual miles de años después, que sería por siempre celebrado y atesorado como una de las mayores expresiones de devoción y adoración registradas en la Biblia.

Lo que llama la atención de este día, es que, por un lado, los líderes religiosos de la época estaban complotando para ejecutar a Jesús. Él, por su parte, se dirigía a una comida especial. Entre los invitados a la comida estaba un amigo querido de Jesús, junto con por lo menos una de sus hermanas. Mateo y Marcos no nos dan más nombres que el del anfitrión: Simón de Betania.

El Maestro estaba por validar una vida que en el contexto histórico-social de la época no valía nada. Una vida que no tenía voz ni voto ante la sociedad. Sin embargo, el Redentor estaba por redimir, de una forma poco convencional, dicha vida, la de una mujer. Las mujeres fueron especiales e importantes en la vida y ministerio de Jesús. Lucas nos dice:

“Poco después, Jesús comenzó un recorrido por las ciudades y aldeas cercanas, predicando y anunciando la Buena Noticia acerca del reino de Dios. Llevó consigo a sus doce discípulos, junto con algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades.” Lucas 8:1-2 NTV

Los seguidores de Jesús no se limitaban a doce personas solamente. Había mujeres en el grupo. Ciertamente el circulo personal de Jesucristo se limitaba a doce hombres. Hombres que no fue sino hasta el final de su Rabí, comprendieron quien en verdad era, algunos inclusive lo hicieron hasta después de la resurrección del Cordero Pascual. No así las mujeres. Parece que las mujeres en el ministerio de Jesús comprendieron la realidad de quien era el Mesías. El médico nos da más información sobre la importancia de las mujeres en el ministerio terrenal de Jesús.

“…y muchas otras que contribuían con sus propios recursos al sostén de Jesús y sus discípulos. Lucas 8:3b NTV

Se podría decir que las mujeres de la época eran las que financiaron el ministerio público de Jesús. Ese primer miércoles santo, el Salvador haría historia, dejaría huella, contradeciría la opinión, hasta ese momento general, que de las mujeres se tenía.

Todo marchaba como había sido previsto, la comida preparada para la ocasión, los ilustres invitados departían unos con otros al tiempo que degustaban de la espléndida comida al tiempo que se enfrascaban en conversaciones por demás interesantes. Se podría sentir la cordialidad y el agradecimiento sincero de un hombre que había sido sanado de una enfermedad que segregaba y condenaba a una vida de rechazo en esa época como la lepra.

No debió haber sido fácil. Era el resultado de meses de arduo trabajo, pero estaba en sus manos, muchas mujeres anhelaban, algún día, poder tener en sus manos un aceite tan exclusivo como ese, ahora éste le pertenecía. No se había atrevido a abrirlo. Sabía lo que valía. No lo pensó dos veces. Sabía lo que tenía que hacer con él. Lo tomo con cuidado, y con delicadeza lo escondió entre sus ropas. A esa hora estarían comenzando a comer. El tiempo había llegado. Lo sabía, lo sentía, lo percibía, respiro hondo, y con firmeza encamino sus pasos en dirección a la casa.

Al entrar al lugar identifico el salón donde los invitados departían. Sabía que Él estaba allí. Su hermano se lo había comunicado apenas unos días atrás. No había logrado sacar de su mente la noticia. Había tanto porque agradecerle. Con el correr de los meses su amistad se había fortalecido. Había algo en él que la hacía sentir especial, escuchada, que en verdad importaba. El sentimiento no rayaba la línea del romance. Indiscutiblemente en todo este tiempo, el amigo de su hermano, le había dado su lugar. Abrazo con fuerza el frasco. Le estaba infinitamente agradecida por la demostración pública de afecto que había tenido para con su familia cuando la esperanza parecía haberse esfumado como vapor en un caluroso día de verano. La prueba fehaciente de esa amistad, de ese cariño, de ese amor, estaba allí, en esa fiesta, comiendo con su amigo en una casa que no conocía. Sabía que la juzgarían. No le importo. Respiro profundamente y con toda la determinación de la que pudo echar mano, ingreso al salón.

El ambiente estaba cargado de alegría, felicidad, se respiraba camaradería. Todos los invitados acomodados ya en sus lugares, platicaban y reían al tiempo que se llevaban un trozo de pan a la boca. Nadie pareció percibir su presencia. Sin embargo, el sí la vio entrar, la reconoció, era la hermana de uno de sus mejores amigos, era ella, su amiga; aquella que en incontables ocasiones había dejado todo por echarle, por platicar con él. ¿Qué hacia ella allí?, ¿que era eso que llevaba escondido entre sus ropas? Entonces ella percibió que esos ojos la observaban. Levanto la vista y sus miradas se encontraron. El momento había llegado. Cualquier duda, si es que la había habido, al cruce de miradas, desapareció de inmediato. Camino en dirección a él.

Lo que sucedió a continuación conmociono a todos los presentes menos a uno. Ella se colocó detrás de él, acto seguido saco el frasco, se escuchó un murmullo al unísono. —¿Cómo habrá conseguido el dinero para pagar por un perfume tan costoso? — se preguntaron algunos de los convidados. Otros, no sabían que pensar de todo eso. Su hermano estaba sin palabras. Entonces ella rompió el sello del frasco, y derramo el contenido sobre la cabeza de uno de los invitados de honor. —¡Pero si ese perfume cuesta el salario de todo un año! — repico otra persona. Todos comenzaron a cuestionar y a regañarla incluso por ese derroche de fastuosidad. Todos menos uno.

Con la mansedumbre y firmeza que le caracterizaba se levantó de su lugar y pidió silencio. Todos le miraban. Los invitados estaban atónitos ante tal escena. No sabían que es lo que a continuación sucedería. Con una voz apacible, serena, pero cargada de mucha autoridad les dijo, “Déjenla en paz.” Hizo una pausa. El salón estaba en completo silencio. Nadie se movía. Los presentes contenían la respiración, algunos expectantes, otros asombrados, otros más enfadados, algunos pocos se sentían avergonzados. Entonces hablo de nuevo, —¿Por qué la critican por hacer algo tan bueno conmigo? — Miro a los ojos a cada uno de los presentes. Respiro profundamente y continúo diciendo —Ella hizo lo que pudo y ungió mi cuerpo en preparación para el entierro. Les digo la verdad, en cualquier lugar del mundo donde se predique la Buena Noticia, se recordará y se hablará de lo que hizo esta mujer. —

La escena debió haber sido impactante para todos los presentes ese día. Jesús quería hacer algo ese miércoles 1 de abril del 33. Lo que sucedió ese día fue más que una mujer ungiendo a Jesús. No me mal entiendas, ese es un evento transcendente e importante, pero en esta ocasión no quiero detenerme mucho en eso. Quiero que pensemos por unos instantes en esa mujer. Los hombres estaban en su derecho de silenciarla, de expulsarse incluso del salón donde se desarrollaba dicha comida. Pero Jesús lo impidió. Esta también es una historia de una vida validada ante una sociedad que la tenía a menos, es sobre el hecho de que una vida fue afirmada, pero más impactante aún, es un precedente de cómo el Salvador del mundo no sólo había venido a la Tierra a sanar enfermos, a echar fuera demonios, a hacer milagros, a predicar el Reino de Dios, sino a preservar un testimonio. Las pablaras finales de Jesús al respecto registradas en los evangelios son las siguientes: “Les digo la verdad, en cualquier lugar del mundo donde se predique la Buena Noticia, se recordará y se hablará de lo que hizo esta mujer.” (Marcos 14:9 NTV)

En una época en donde las mujeres no tenían valor, más que de procrear, alimentar, y estar a disposición de su esposo. Ante un heroico acto de humildad y adoración por parte de una fémina, justo en el momento cuando todos los hombres reunidos en ese cuarto se disponían a humillarla; Jesús les dice, “Déjenla en paz.” Desconozco lo que sea que estés enfrentando el día de hoy, quizá estás cansado o cansada de que aparentemente nadie te valore y todos te pisoteen; el día de hoy quiero decirte que tienes un Padre en los cielos que ha enviado a su único Hijo a defenderte, a validarte no solo como su creación, sino como su hijo o hija.

Jesús también les dijo a las personas congregadas en esa casa, “¿Por qué la critican?” En otras palabras, “¿Por qué la molestan?” En la vida enfrentaremos problemas y dificultades. La sociedad nos criticara y molestara por no acoplarnos a sus estándares y parámetros de vida. Desconozco si has vivido una vida caracterizada por palabras que lejos de afirmarte te han desvalorizado, y han hecho que tengas un concepto pobre de tu persona. En su última semana en la Tierra el Redentor afirmo a una mujer que tenía el corazón y la actitud correcta para con él. El día de hoy él quiere afirmarte, él quiere cubrirte con su manto de amor, gracia, misericordia y perdón. Hoy Dios te dice, “tu valor ante mí, amado hijo, amada hija, es la sangra de mi único Hijo”.

La tercera cosa que Jesús les dijo fue “Ella ha hecho un buen servicio por mi” (Marcos 14:9 La Traducción de la Pasión), o como la NTV dice “por hacer algo tan bueno conmigo.” Tu servicio a Dios, tu adoración, lo que está en tu corazón es lo que realmente le importa a Jesús. La gente pueble hablar y criticar la forma como externas tu compromiso, tu devoción, tu servicio, tu adoración al Padre celestial. No dejes que la opinión de los demás te robe el gozo de seguir derramando tu corazón sincero delante de la presencia del Padre. Como resultado de este increíble acto de amor y adoración a Jesús el testimonio de esta mujer quedó plasmado para siempre. Jesús dijo:

Les digo la verdad, en cualquier lugar del mundo donde se predique la Buena Noticia, se recordará y se hablará de lo que hizo esta mujer. Marcos 14:9 NTV

Y hasta el día de hoy todos recordamos esa escena. Es un momento imperdible en la vida de Jesús. Lo que quiero decirte hoy es que tu actitud para con Dios, tu pasión por el, tu adoración, tu servicio, puede ser criticado e inclusive cuestionado por aquellos a los que les llegue a incomodar “tus formas” de expresar estas cosas a Dios. Ten por seguro que tu testimonio quedará preservado por siempre en el corazón de Dios. No subestimes la sinceridad de tu corazón ya que esta puede impactar la vida de alguien más para siempre.