Martes Santo

El tercer día de la última semana de Jesús en la Tierra, porque recordemos que el primer día de la semana es el domingo, está lleno de muchas actividades y de igual forma está caracterizado por profunda enseñanza. El 31 de marzo del año 33, nuestro Señor enseñó sobre la importancia de darle al Cesar lo que por derecho le corresponde y a Dios lo que le pertenece (Mateo 22:21).  También enseño respecto al gran mandamiento (Mateo 22:34-40; Marcos 12:28-34). Ministerialmente hablando, ese fue un día lleno de “conferencias.”

Pudiera el día de hoy detenerme por unos instantes y meditar en ese entrañable pasaje que muchos conocemos demasiado bien por ser de los más socorridos al momento de dar nuestros diezmos y ofrendas. Si, hablo de la ofrenda de la Viuda en Marcos 12:41-44. Sin embargo, hay unas palabras, que salieron de la boca de Jesús, que no dejan de resonar en mi mente.

Temprano ese día, un grupo de religiosos de la época que sostenían una diferencia doctrinal con el resto de las denominaciones judías de la época, se acercaron a Jesús para preguntarle respecto a la resurrección de los muertos, ya que ellos no creían tal cosa. En aquella época era costumbre judía que, si una mujer enviudaba sin descendencia, el hermano del difunto tenía la responsabilidad moral y religiosa de casarse con ella a fin de darle descendencia al que ha fallecido. El escenario que estos religiosos planteaban era que en una familia había siete hermanos, el primogénito había se había casado y había muerto sin tener hijos, por lo que el hermano que seguía en la línea sanguínea tomo por esposa a la viuda de su hermano. El caso es que esta situación se repitió con los siete hermanos. Ellos querían saber de quién sería esposa la viuda al momento de la resurrección. Hay algo en la respuesta de Jesús que me hizo pensar mucho.

Jesús contestó:

El error de ustedes es que no conocen las Escrituras y no conocen el poder de Dios. Pues cuando los muertos resuciten, no se casarán ni se entregarán en matrimonio. En este sentido, serán como los ángeles del cielo.  Mateo 22:39-30 NTV

Esa primera frase resonó en mi mente y en mi espíritu. La Traducción de la Pasión traduce este verso como: “Están engañados, porque sus corazones no están llenos con la revelación de las Escrituras o el poder de Dios.” Al reflexionar en lo que debió haber sido la última semana del Salvador en la Tierra antes de subir al madero y hacer expiación por mi pecado, me pregunto si en verdad conozco Su Palabra.

En estos días, las naciones cristianas celebran los últimos días de aquel al que dicen venerar y adorar. Pero, ¿lo conocen? No quiero generalizar. La pregunta, pues, se vuelve personal. ¿conozco a Jesús? ¿conozco Las Escrituras? ¿conozco de primera mano el poder de Dios? Jesús les estaba diciendo a los religiosos que si en verdad ellos supieran quien es Dios, no tendrían necesidad de hacer la pregunta que hicieron.

La Traducción de la Pasión me dejo pensando aún más. Va un poco más allá en su explicación a la razón por la cual a veces vivimos engañados. El asunto no es falta de conocimiento, el problema es que nuestros corazones no han permitido que la verdad de la Palabra de Dios, que la revelación de quien Dios es, eche raíces en nosotros.

La principal razón por la sucumbimos ante el error es precisamente porque nuestros corazones no están ardiendo con la verdad de Su Palabra. Jesús les dijo, “sus corazones no están llenos con la revelación de las Escrituras.” La Biblia nos dice que la fe viene precisamente por escuchar la Palabra de Dios (Romanos 10:17). La Biblia es la no solo nos revela a Dios, sino su corazón, y su plan para con nosotros. En las Escrituras descubrimos el corazón del Padre, uno lleno de amor, gracia, y misericordia. La verdad contenida en la Biblia nos lleva no solo a creer en Dios, sino a confiar y depender en y de Él.

Nuestro corazón debe estar lleno de dos cosas para que, indiscutiblemente, caminemos en verdad; revelación y poder de Dios. Lo primero viene como resultado de ser expuestos a Su Palabra y de permitir al Espíritu Santo que hable con libertad a nuestras vidas. Espíritu Santo es el encargado no solo de recordarnos las Palabras de Jesús, sino que es el que nos manifiesta la verdad de Dios, es el que hace visible el reflejo de la verdad contenida en blanco y negro. No solo eso, Espíritu Santo al revelarnos a Jesús descubre para nosotros al Padre. La Biblia dice: “Cristo es la imagen visible del Dios invisible.” (Colosenses 1:15) Cuando nuestros corazones se llenan con la realidad visible de Dios es caminamos no solo con libertad sino con firmeza.

La segunda cosa que debe atestar nuestros corazones es la realidad el poder de Dios. Con frecuencia nuestra cosmovisión del poder de Dios está limitada del momento mismo del Génesis hasta la mitad del libro de los Hechos. Por lo que nuestra comprensión del Poder de Dios se vuelve teórica. Nuestra mente entiende, comprende, y procesa que los milagros que Dios obró en Su Palabra fueron exclusivamente para validar el mensaje y que una vez consolidad la iglesia primitiva éste se manifiesta de forma no visible en el proceso de justificación del alma del creyente.

El poder de Dios va más allá de fungir como validación del mensaje eterno. El poder de Dios es una realidad activa y presente en nuestros días. Entender que el Poder de Dios no sólo es creativo (capaz de crear algo no solo nuevo sino previamente inexistente) sino que es el hilo conductor del Plan de Dios para la humanidad. El poder de Dios no está limitado al proceso de Salvación, en la actualidad sirve como pantalla en la cual sus atributos son proyectados (Salmo 33), su gloria se hace evidente (Salmo 19:1-6), y la necesidad de sus hijos e hijas es satisfecha (Mateo 21:21-22). El poder de Dios es tal que con una sola palabra el mundo fue creado, de la misma forma hoy en día con una sola palabra suya el dolor desaparece, la enfermedad es silenciada, la desolación es abatida, y la muerte vencida (Isaías 53).

Cuando el conocimiento del Dios verdadero se encuentra con la unción del Espíritu Santo revelación se produce en nuestros corazones. Es la revelación de Dios en nuestras vidas la que alimenta una verdadera transformación de mente, corazón, y alma. Conocimiento sin unción es simplemente religiosidad. Jesús confronta nuestra religiosidad. Y eso fue precisamente lo que ocurrió el martes de la primera Semana Santa de la historia. El Hijo de Dios en su última semana en la Tierra confronto la religiosidad de quienes se creían conocedores y portadores de la verdad. Este hecho quedo registrado para que más de dos mil años después nosotros podamos aprender la lección y permitir que el conocimiento de la verdad se encuentre con el Poder de Dios en nuestros corazones.

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