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Y me dijo: Hijo de hombre, ponte en pie para que yo te hable.

—Ezequiel 2:1 LBLA

Comencé el 2020 leyendo el libro de Ezequiel. El libro comienza, como cualquier libro profético, con una densa carga de figuras ilustrativas que describen un encuentro con lo divino. Es, precisamente, en éste contexto que se nos presenta a Dios como la fuente y el causante, no solo del llamado, sino de la conversación con el profeta.

En el primer capítulo se nos introduce a la experiencia divina a la que el profeta se enfrenta. El capítulo dos, por su parte, comienza con una declaración divina: «Hijo de hombre, ponte en pie para que yo te hable.» Encuentro ésta frase fascinante. Es una dicotomía que engloba tanto una orden como una invitación.

Dios es el dador de la orden, y al mismo tiempo es el originador de la invitación a entablar un diálogo. Las palabras que escucho un Ezequiel postrado en tierra, como reacción lógica al experimentar la gloria divina, son una orden, una invitación, y una promesa. La promesa de escuchar a Dios hablar.

Dios se dirige al profeta con el título “hijo de hombre.” Adonai es intencional en utilizar esta designación ya que quiere enfatizar no sólo la fragilidad y sino la inferioridad de la humanidad de Ezequiel. Fragilidad e inferioridad que son natas en nosotros los seres humanos. El Salmista lo sabía, por esa razón dijo: “Le has hecho poco menor que los ángeles” (Salmo 8:5 RVR60). En este contexto “Hijo del hombre” subraya la relativa impotencia de Ezequiel y captura la inmensa diferencia entre los seres humanos y Dios.

Pensar en la realidad de lo insignificante que soy me deja sin palabras. No somos más que un suspiro en ésta limitada temporalidad que conocemos como vida. Aún a pesar de nuestra fragilidad e inferioridad el Creador decide hablar con nosotros. “Y me dijo:..” Es lo que leemos en el versículo uno del capítulo dos del libro de Ezequiel.

El Eterno, aquel que no conoce principio ni fin, es el que provee no solo la posibilidad sino el espacio para entablar un diálogo con el “hijo de hombre.” El que Adonai deliberadamente llama a Ezequiel “hijo de hombre” no solo enfatiza la humanidad y la fragilidad del profeta sino que también lo distingue de sus contemporáneos, quienes son llamados por Dios: “un pueblo desobediente que se ha contra mí” (Eze 2:3), y “una casa rebelde” (Eze 2:5).

Qué responsabilidad tenemos el día de hoy. Vivimos en una generación que es desobediente a la verdad y los principios establecidos por Dios en su Palabra. Vivimos en una sociedad y en un pueblo que a lo bueno llama malo y a lo malo bueno, habitamos una tierra que no hace mas que evidenciar su rebeldía para con el Creador. Y en este contexto, todos los días, la siguiente orden se escucha: “«Levántate, hijo de hombre… quiero hablarte».”

El profeta, sin lugar a dudas, debió haber estado postrado en tierra ante la gloria de Yah·weh, probablemente temía por su vida. La insignificancia estaba delante de la transcendencia perfecta de la eternidad. Por unos instantes lo que conoce final se encontró con lo que no perece, lo mortal con lo inmortal, lo creado con lo no creado, fue esta consciencia de la realidad de la gloria de Dios, lo que obligó a Ezequiel a permanecer postrado.

Sin lugar a dudas nos falta tener más reverencia ante la presencia de Dios. Respetar más la investidura sagrada que la Escritura conlleva. Con cuanta facilidad damos por sentado la Palabra de Dios. En una época en la que podemos acceder a ella con un solo click, en diferentes versiones, colores, tamaño de letra, la reverencia a la misma se ha diluido cual arrollo en sequía.

La instrucción es clara: “ponte en pie.” Esta frase nos habla de una realidad que debemos dejar de obviar; cuando Dios habla los hombres deben no solo pararse y escuchar, sino estar preparados para hacer lo que Dios ordene. La ausencia de tal prontitud es evidenciada no sólo en nuestras iglesias, sino, lamentablemente, en nuestras propias vidas.

La realidad es innegable. La invitación irrevocable, pues una que no tiene fecha de expiración. Somos nosotros quienes voluntariamente decidimos ignorar la invitación. Dios nos habla todos los días a través de Su Palabra. Abramos nuestras Biblias, y dejemos que la reverencia lo inunde todo.