Escuchar no es lo mismo que oír. Podemos oír infinidad de sonidos, ruidos, voces, idiomas, etc. Pero escuchar es otra cosa. Ya tengo dos semanas en este país. Uno pensaría que el proceso de hablar en tu segundo idioma se da en automático. No es tan simple. En parte, el cerebro tiene esta habilidad de identificar el idioma y catalogarlo como conocido o desconocido.

En general no me cuesta mucho trabajo hacer el switch al inglés. Mis oídos, y mis ojos lo reconocen inmediatamente. El problema es con el habla. Por alguna razón me toma más tiempo poder hablar inglés con relativa fluidez. Todo el tiempo estoy pensando en que me voy a equivocar, en que mi acento es terrible, en que mi pronunciación es pésima.

Estas dos semanas han sido días para ser intencional en escuchar lo que la gente a mi alrededor está diciendo. Este ejercicio me ha permitido conocer y descubrir a personas increíbles. Cada uno de mis nuevos amigos me ha bendecido de una forma especial. Uno me bendice con su espontaneidad, otro con sus conversaciones teológicas, otra con su alegría, otra con su madurez y perspectiva positiva de la vida.

Estaba leyendo en la mañana Santiago, y de pronto fui confrontado con la realidad de la importancia de escuchar la voz de Dios. Se dice fácil. Muchos libros hay al respecto. A la gente le gusta la idea de escuchar la voz de Dios, de entrar en una esfera de espiritualidad que los capacita para ser más sensibles a la voz de Dios. En lo personal creo que hay un aspecto místico en lo que a escuchar la voz de Dios se refiere. La palabra místico no necesariamente conlleva una connotación negativa, ni hace referencia a artes ocultas, en estricto sentido hace alusión a que algo incluye misterio o razón oculta. Sin embargo el término también fue utilizado para referirse a aquél que se dedica a la vida espiritual.

Dentro del cristianismo se comenzó a desarrollar una teología que llamaba a sus adherentes a buscar una experiencia personal trascendente de Dios. En lo personal la idea de experimentar a Dios me resulta no solo atractivo sino una realidad. Y es que uno puede experimentar la realidad y la cercanía de Dios todos los días. Para hacerlo solo basta invertir tiempo leyendo la Biblia, orando, contemplando la grandeza de Dios, y meditando en lo que la Palabra de Dios dice.

Escuchar la voz de Dios nos capacita para escuchar y reaccionar a la necesidad de el que está a nuestro lado. Esa es la esencia de Santiago 1:19-26.

No sólo escuchen la palabra de Dios, tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos. Pues, si escuchas la palabra pero no la obedeces, sería como ver tu cara en un espejo; te ves a ti mismo, luego te alejas y te olvidas cómo eres. Pero si miras atentamente en la ley perfecta que te hace libre y la pones en práctica y no olvidas lo que escuchaste, entonces Dios te bendecirá por tu obediencia.” St. 1:22-25 NTV

            De nada nos sirve tener una experiencia acética, tener una experiencia espiritual, si no somos diferentes. Podemos decir que tuvimos un encuentro con la presencia de Dios, podemos hablar y escribir de lo hermoso que es la presencia de Dios, de la realidad del ministerio actual del Espíritu Santo, pero si no hay un cambio en nuestras vidas, en la forma de ver la vida, en la forma en la que hablamos, en como tratamos a los demás, la experiencia resulta infructuosa. El mundo no podrá ver y experimentar el amor redentor y transformador de Dios si nosotros no somos las manos y pies de Dios. Nuestra obediencia es lo que producirá el cambio en nuestra sociedad. No una experiencia. Amo las experiencias con Dios, en verdad que las amo, sin embargo me he dado cuenta que a menos que yo cambie y actué como Dios me pide la gente a mi alrededor no podrá ver el poder de Dios.

Un par de pensamientos adicionales el día de hoy. ¿Qué significa ser rápido para escuchar la voz de Dios? Pienso en el profeta Samuel. El no conocía la voz de Dios cuando pequeño (1 Sam 3:7), sin embargo el profeta Eli identifico que se trabada de Dios y lo instruyó. Le dijo: “—Ve y acuéstate de nuevo y, si alguien vuelve a llamarte, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. [1] Creo que esa es la clave para ser verdaderamente rápidos en escuchar la voz de Dios. El principio es sencillo. Cada vez que abramos la Biblia para pasar tiempo con él, debemos decirle, “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Escuchar no es lo mismo que oír. Escuchar literalmente significa prestar atención a lo que se oye. Y cuando nosotros damos oídos a lo que Dios está diciendo, cuando prestamos atención al dulce y apacible susurro del Espíritu Santo; entonces podremos poner en practica la palabra recibida. El resultado: transformación que toca al que está a nuestro lado.

El no poner en practica la palabra recibida nos lleva a vivir un cristianismo religioso. Cuando solo escuchamos y no ponemos en práctica, lo que estamos haciendo es solo archivar conocimiento. El conocimiento sin obediencia resulta inútil. La Biblia dice que: El conocimiento envanece, pero el amor edifica. [2] Por eso es que Santiago nos dice, con respecto a la Palabra, que si la ponemos en práctica, y no olvidamos lo que escuchamos, entonces seremos bendecidos. Unos versículos más adelante Santiago escribió: Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta.[3]

 


[1] Nueva Traducción Viviente (Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc., 2009), 1 Sa 3:9.

[2] Lockman Foundation, Santa Biblia: La Biblia de Las Américas: Con Referencias Y Notas, electronic ed. (La Habra, CA: Editorial Fundación, Casa Editorial para La Fundación Bíblica Lockman, 1998), 1 Co 8:1.

[3] Lockman Foundation, Santa Biblia: La Biblia de Las Américas: Con Referencias Y Notas, electronic ed. (La Habra, CA: Editorial Fundación, Casa Editorial para La Fundación Bíblica Lockman, 1998), Jas 2:17.