Pasada la media noche de ese Jueves, me di una rápida ducha, la maleta estaba lista. Mis pertenencias personales estaban donde tenían que estar. Di una rápida mirada a mi cuarto, a mis cosas, a mis libros, a mis pequeños tesoros, con nostalgia me despedí de mi cuarto. No era la primera vez que me ausentaba de casa por asuntos ministeriales, sin embargo, esta vez se sintió diferente. Abrace a mis gatos que me miraban suponiendo que algo fuera de lo normal estaba por ocurrir. En el ambiente percibía expectación, emoción, y una sensación de que algo grande estaba por ocurrir en las semanas siguientes.

Fue un viaje largo. Una maleta. Una mochila. Un portafolios. Y un expectación por ver que es lo que Dios haría, lo que me diría, lo que me mostraría, como me usaría, así fue como llegue al aeropuerto. Documente mis cosas. Camine por la zona libre de impuestos pensando en que era la primera vez que iba a una ciudad desconocida, a una iglesia que no conocía, había cierto temor en mí, ¿Y si nadie venia por mí? Cuando me moví a Dallas la primera vez no tenía miedo, más bien estaba lleno de emoción, muy feliz y contento. Si bien es cierto que no tenía casa, y no conocía a nadie en esa ciudad sabía perfectamente que Dios ya había provisto un auto, estaba inscrito en el Seminario, en esencia había seguridad de a lo que iba.

Durante el vuelo a Houston le pregunté a Dios que era lo que quería para mí. Días atrás había tenido una llamada con mi buen amigo Daniel, el me animaba a regresar a Dallas y continuar con mis clases de forma presencial, sin embargo él dijo algo que me dejo pensando; “Está muy bien que tengas esta oportunidad de servir por diez semanas, sin embargo usa este tiempo para decirle al Señor que estás abierto a ir a donde él quiera que estés,  que estás dispuesto a hacer lo que él quiere, simplemente dile que estás dispuesto a obedecerlo. Da ese paso de fe, no es fácil, pero una vez que lo das, Dios te sorprende.”  Llegue a Houston con suficiente tiempo, sin embargo me tomo cerca de una hora y media atravesar migración. Pasé los controles de seguridad, solo tenía 45min libres para tomar el siguiente vuelo a Nueva Orleans.

El vuelo Houston-Nueva Orleans fue diferente. Durante el vuelo no deje de decirle a Dios: “Aquí estoy. Haz tu voluntad en mí.” No pude sacarme de mi mente la imagen de Jesús orando en el jardín diciéndole al Padre “no se haga mi voluntad sino la tuya.” Llegue a Nueva Orleans y el calor húmedo me recibió con los brazos abiertos. No había nadie esperando por mí. Después de unos 15min y de cómo 100 oraciones rogándole a Dios que no me fueran a dejar abandonado a mi suerte en un aeropuerto, apareció el pastor de jóvenes adultos de la iglesia en la que estaré sirviendo.

Dios había escuchado mi oración y ya estaba en movimiento, pues cuando llegue a la casa donde me hospedaría después de más de 15hrs de viaje pregunte por la clave del internet, pues realmente quería darme un baño, Netflixear un rato, y relajarme, la respuesta me dejo helado: “No tenemos internet”. Realmente ésta era una prueba. El sábado conocería a las otras cuatro personas con las que estaría sirviendo directamente durante el verano. Fue raro. El domingo asistimos a los dos servicios de la iglesia e hicimos compras para el retiro espiritual.

El lunes fuimos al picnic que la iglesia organizo por motivo de Memorial Day. A las 2:00pm nos subimos en una van y nos dirigimos hacia la Florida. Todo parecía bien, excepto por el hecho de que nos pidieron dejar nuestros teléfonos, computadoras, aparatos electrónicos, solo se nos autorizó llevar un diario, pluma, y nuestra Biblia. El desafío estaba a punto de comenzar.