Las ultimas semanas han sido complicadas para mi. En cuestión de horas la percepción que tenia del mundo y de la gente dio un giro de 180˚. No creí que hubiera tanta maldad en el mundo. Me resulto difícil procesar el hecho de que el ser humano puede llegar a transgredir limites que inclusive el pensaría inviolables. En cuestión de un par de meses perdí a dos personas que quise mucho. Una de ellas ya esta con el Señor, la otra se encuentra en un lugar esperando se resuelva cuánto tiempo deberá permanecer recluida en ese lugar.

            Los cristianos evangélicos, con demasiada frecuencia, salimos a señalar, juzgar y criticar la vida, las decisiones, y el estilo de vida de aquellos que no forman parte de nuestra tradición espiritual. Pero cuando el infractor resulta ser alguien dentro de nuestro gremio. El asunto cambia. El juicio que ejercemos es incluso mucho más fuerte que el que realizamos para los que están fuera.

            No me mal interpretes. No estoy diciendo que nos hagamos “de la vista gorda” ante el pecado. Bajo ninguna circunstancia debemos llamar diferente a lo que la Biblia es clara en nombrar como pecado. Sin embargo; creo que hay formas de expresar aquello que creemos, aquello que defendemos, aquello que Dios rechaza categóricamente. Adoptar un discurso condenatorio, carente de amor cristiano, solo reforzara la idea de que como comunidad somos intolerantes y discriminatorios.

            Debemos recordar que Jesús comía con prostitutas y pecadores. El Mesías utilizó un discurso de amor, de sanidad, de restauración, de perdón, de reconciliación con la gente “de a pie”. Él utilizó un discurso completamente diferente para con los líderes religiosos de su época, aquellos que se creían espirituales, aquellos que bajo sus preceptos cumplían cabalmente la ley de Moisés.

            No es de sorprender que Jesús utilizara palabras como víboras, sepulcros, ladrones, estafadores para referirse a los líderes espirituales. La descripción se vuelve mas grafica en Mateo 23. Allí encontramos al Maestro diciéndoles:

“¡Hipócritas! Pues cruzan tierra y mar para ganar un solo seguidor, ¡y luego lo convierten en un hijo del infierno dos veces peor que ustedes mismos!” Mt. 23:15 NTV

“¡Hipócritas! Pues se cuidan de dar el diezmo sobre el más mínimo ingreso de sus jardines de hierbas, pero pasan por alto los aspectos más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.”  Mt. 23:23 NTV

            Me pregunto, ¿cuánto hemos cambiado realmente los líderes espirituales? Cuando una oveja es victima de una injustica rápidamente nos unimos, organizamos rallies y veladas de oración, distribuimos panfletos, invadimos las redes sociales buscando generar la simpatía de la sociedad, cuando en verdad queremos sumarnos a una causa grande y con notoriedad para que la gente vea la calidad moral y espiritual que tenemos. No me mal entiendas. No estoy diciendo que este mal orar. Por el contrario. Me pregunto cuantas de las personas que asisten a las veladas de oración en pro de una causa realmente interceden delante del Padre cuando nadie les ve.

            Seamos sinceros. Nos gusta el reflector. Amamos la notoriedad. Procuramos alimentar el que la gente se nos acerque preguntando sobre los detalles para que ellos puedan unirse en oración. Cuando la carga es real, no preguntas, sencillamente oras.

            Los acontecimientos de las últimas semanas me han hecho replantear mi vida completamente. Preguntarme dónde estoy. Cómo está mi vida. He realizado un ejercicio de introspección delante de la presencia de Dios, cuestionándome y pidiendo lo mismo que el Salmista hiciera cientos de años atrás:

Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan.
Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda
y guíame por el camino de la vida eterna.
Salmo 139:23-24 NTV

            No es fácil decirle a Dios, “Adelante, entra y rebusca en mi vida…. A ver que encuentras.” La verdad es que todos sabemos que es lo que esta mal en nuestra vida, que es eso que aún esta en proceso, aquello que sigue en hojalatería y pintura. Lo sabemos. Al decirle “Examíname, oh Dios” estamos literalmente humillándonos y sometiéndonos al poder de Dios. ¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo? Creo que la respuesta radica en el hecho de que somos orgullosos. No nos gusta que nos señalen cuando nos equivocamos. Queremos tener el control sobre nuestras vidas, nuestras decisiones, e inclusive sobre la vida de los demás. Someterse a Dios es entrar a nuevo nivel de bendición, es caminar en la verdadera abundancia, es vivir sabiamente.

            Decirle a Dios “pruébame” tampoco es cosa fácil. En el momento en que esa palabra sale de nuestras bocas le damos autorización a Dios de que la aparente tranquilidad de nuestra vida se vea alterada. Como estudiantes constantemente nos sometemos a examinaciones importantes cada fin de semestre. A través de ellas el profesor busca probar si hemos adquirido el conocimiento necesario para pasar al siguiente nivel de nuestra educación. Esto es cierto en todos los niveles educativos. Lo mismo sucede en lo espiritual. Hay lecciones en la vida cristiana que tenemos que aprender. La única forma de demostrar que hemos adquirido el conocimiento es a través de pruebas. El fin de la prueba no es fastidiarte, mucho menos arruinar tu vida, el fin máximo de la prueba es producir “constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.” (St. 1:3-5 NBD) Cuando le dices a Dios “pruébame” realmente le estás diciendo perfecciona tu obra en mi para que sea el hombre/mujer que tu quieres que yo sea. Al hacerlo estaremos honrándolo y nuestras vidas estarán declarando el poder de Dios.

            “Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda” es una autorización a Dios de tocar nuestras vidas. Es decirle a Dios: quiero vivir una vida santa, una vida que se alinee a tus preceptos, quiero vivir en pureza e integridad. Si hay un valor que como cristianos hemos ido perdiendo es, precisamente, la integridad. Integridad es realmente ser lo que decimos ser. Es no tener incongruencia en nuestras vidas. Si decimos odiar el pecado debemos no practicarlo. La pregunta es que tan dispuestos estamos a ponernos en una situación de vulnerabilidad. Estoy convencido que cuanto mas vulnerables somos mas fuerte es nuestro deseo por permitir a Dios obrar y manifestarse en nuestras vidas.

            Cuando llegamos a ese punto de convicción en nuestra vida, cuando le decimos a Dios que le permitimos moverse en nuestra vida, cuando nos volvemos vulnerables delante de el con un deseo por vivir con integridad, realmente le estamos dando las riendas de nuestra vida. Darle las riendas de nuestra vida es darle el control total de la misma, como resultado le estamos permitiendo al Espíritu Santo guiarnos. Cuando le decimos a Dios “guíame por el camino de la vida eterna” realmente estamos sometiendo nuestra vida, nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestras finanzas, nuestro ministerio.

            En el momento en el que aceptamos a Cristo en nuestro corazón somos sellados y bautizados con el Espíritu Santo. La Biblia es clara al respecto. En ese preciso momento el regalo de la vida eterna nos es conferido. La regeneración espiritual se genera. Caminar en el camino de la vida eterna es desempacar el regalo y dejarnos sorprender por la hermosura del mismo. La vida eterna la experimentaremos por completo el día que dejemos de respirar en esta tierra y despertemos delante de la presencia de Dios.

            Debo confesar que hubo una etapa en mi vida en la era pronto para hablar y emitir un juicio condenatorio hacia todos aquellos que no pensaban como yo, hacia aquellos que no tenían la misma cosmovisión de la vida que yo, hacia aquellos que eran diferentes a mi, hacia aquellos que no compartían las mismas convicciones que yo, hacia aquellos cuyo estilo de vida distaba por completo del mío; mi juicio era parejo, no distinguía entre tradiciones eclesiásticas. Sencillamente no me importaba. Creía que mi interpretación de la Biblia no solo no era errónea era infalible. La única perspectiva valida era la mía. Con cuanta facilidad me convertí en aquello que Jesús critico y llamo “tumbas blanqueadas”.

            Cuando te sometes a la autoridad de la Biblia, y rindes por completo tu vida, comienzas a ser menos rápido en emitir un juicio condenatorio. Es cierto que dentro del Cuerpo de Cristo existen muchas tradiciones y diversas expresiones, y creo que el adherirme al ala conservadora o al ala liberal no me intitula a juzgar, criticar, y condenar a aquellos que se adhieren a la ala contraria. Mi oración es que rindas tu vida por completo y dejes que el Espíritu Santo te controle, te dirija, te transforme; para que puedas ser la palabra que la gente que no conoce a Dios necesita.